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las ventanas

de la imprenta floren¬tina. Allí los hermanos Carozzi nos dirán a quién han vendido a tus librescos padres.
-¡Ojal á sea tan fácil como tú dices! En cuanto a la imprenta donde encuadernaron a mis papás, según me dijo el operario de la fábrica de papel, está justo enfrente del palacio Pitti. No hay pérdida porque es un edificio enorme que tiene toda la fachada
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almohadillada, como si tuviera un montón de libros, unos encima de otros.
—Luego seguimos hablando, que viene el abuelo.
Nada más poner el pie en Florencia, Amanda le dijo a su abuelo que fueran di¬rectamente a la imprenta.
—Es inútil, Amanda; ésta es la hora de la comida y estára cerrado. Lo mejor es que nosotros vayamos también a comer. Yo ya tengo hambre y hace mucho que no he pro¬bado una buena pizza.
Así es que fueron al hotel donde tenían reservada una habitación, dejaron sus co¬sas, se asearon un poco y se fueron a una pizzería en la que recordaba haber estado el abuelo hacía algunos años, en el viaje de las bodas de plata con su esposa.
La pizzería seguía existiendo. Era muy coqueta: tenía un horno de leña, que es donde se hacen las buenas pizzas; nada más entrar había un cartel con veinte tipos de pizzas y en el que figuraban todos los ingre¬dientes:
1. mozarella, tomate, jamón y aceitunas.
2. tomate, champiñón, mozarella y alca-parras.
3. tomate, mozarella, anchoas y aceitu¬nas.
etc., etc...
Un cocinero muy gordo, todo vestido de blanco, no hacía más que meter y sacar piz-

zas del horno con una pala de madera que tenía un mango larguísimo.
Un ayudante del cocinero, en una barra de mármol blanco, partía las pizzas vertigi-nosamente con una gran cuchilla en forma de luna con dos mangos. Con tres cortes cer¬teros, dividía cada pizza en seis trianguli- tos. Se le hacía a uno la boca agua.
Como era obligado, todas las mesas de la pizzería estaban cubiertas con manteles de cuadros rojos y blancos, y tenían un flore- rito con una margarita cada uno.
Eligieron una mesa cerca de la ventana, y a los diez minutos ya estaban hincándole

el diente a dos magníficas pizzas recién he¬chas.
A Amanda le divertía mucho estirar hi¬los de queso fundido al morder la pizza que estaba llena de tomate.
Aunque había mucho barullo en el res-taurante, a Amanda le pareció oír una extraer datos de una pagina web que¬ja que provenía de debajo de la mesa. Como había dejado su mochila en el suelo, se ima¬ginó rápidamente de dónde venía.
Para disimular y que nadie pensase que estaba loca, le dijo a su abuelo:
—¡Ay! Se me han desatado los cordones de las playeras, voy a atármelas.
Y con esta excusa se metió debajo de la mesa, abrió el libro de bolsillo, el cual le dijo:
—¡Estoy histérico! No hay cosa que nos ponga más nerviosos a los libros que la gra¬sa, y en especial las manchas de tomate. A ver si termináis pronto y no se te cae nada.
—¡Uy, perdona! —dijo Amanda—, es que no quiero separarme de ti ni un momento.
—Me parece bien -—le contestó el libro de bolsillo—, pero para eso ya podías ha¬ber tomado precauciones. Por ejemplo, me podías haber forrado.
—No te preocupes, que cuando vayamos a la imprenta de los hermanos Carozzi, te compraré el papel más bonito que tengan y te forraré con sumo cuidado.

X
Como les quedaba tiempo hasta que abrieran las tiendas, se fueron a la habita¬ción del hotel a lavarse los dientes y luego a dar una vuelta por la ciudad.
Para ir adonde estaba la tienda, tuvieron que cruzar el río Arno y lo hicieron por el lugar más bonito: el Ponte Vecchio. Aman¬da, que no había estado nunca en esta ciu¬dad, se quedó sorprendida al ver que en el puente había un montón de casas y tiendas, y sólo quedaba una callecita en el centro para pasar de un lado al otro del río.
En una esquinita vio una máquina viejí¬sima que servía para pesarse y además daba el horóscopo.
Le pidió a su abuelo cien liras, se subió a la plataforma, echó la moneda por la ra¬nura y a los pocos segundos salió una tar- jetita que decía:
—43 kilos—
Realizará en breve un largo viaje.
Hará nuevas amistades.

—Esta tarjeta está un poco retrasada —dijo Amanda a su abuelo—. El viaje ya va por la mitad, y además no es tan largo.
Cruzaron el puente, anduvieron un poco y se encontraron con el gran palacio Pitti.
Amanda se quedó asombrada de lo enor¬me que era. Pero no podía entretenerse en admirar monumentos, así es que dijo al abuelo:
—¡Mira! Aquélla debe ser la imprenta de los Carozzi. ¡Vamos!
Efectivamente era la tienda que busca¬ban. Estaba justo enfrente del palacio. Te¬nía un pequeño escaparate con varios libros encuadernados: unos con pastas de cuero repujado, otros con papel de colores que hacía aguas y dibujitos. Además había mu¬chas muestras de papeles florentinos.
Al abrir la tienda sonó una campanita que colgaba del techo.
El abuelo preguntó al dependiente por los dueños.
—El señor Pierángelo Carozzi no ha ve¬nido esta tarde porque ya es un poco ma¬yor y sólo trajaba por las mañanas. Pero si quiere le puede atender su hermano el se¬ñor Giorgio —le informó muy atentamen¬te el empleado.
Al ratito, salió de la trastienda un hom¬bre de unos cuarenta años.
El abuelo le expuso ordenadamente lo que buscaban y querían saber, aunque de

vez en cuando Amanda se entrometía en la conversación y lo liaba todo.
Cuando el señor Giorgio se hubo entera¬do de lo que querían, decidió llamar a su hermano Pierángelo para que viniera a la imprenta. Ellos llevaban un libro de regis¬tro en el que reflejaban perfectamente cada uno de sus trabajos y el nombre y lu¬gar de procedencia de todos los clientes. Pero era un trabajo arduo leerse cientos y cientos de anotaciones y sin duda el herma¬no mayor de los impresores seguro que se acordaba de a quién habían vendido esos dos magníficos volúmenes que buscaban Amanda y su abuelo.
Mientras llegaba el señor Pierángelo, Amanda le pidió a su hermano un pliego de papel precioso con tonos ocres y sienas tostados para forrar el libro de bolsillo.
El empleado que les había atendido cuando entraron, se puso con Amanda a fo¬rrar el libro primorosamente.


XI
Pasada una hora sonó la campanilla otra vez y entró el señor Pierángelo.
Era un poco bajito, rubio, en el poco pelo que le quedaba en la cabeza, y sobre todo en el gran bigotazo. Llevaba unas antipa¬rras y tenía una voz muy cantarína. Su pin¬ta era de cascarrabias, pero parecía simpá¬tico.
Como era muy eficiente estaba deseoso de resolver el asunto cuanto antes, sobre todo tratándose de esa pareja tan simpáti¬ca de abuelo y nieta.
Pidió detalles de cómo eran los libros. Amanda, que se había aprendido muy bien todo lo que le había dicho el libro de bol¬sillo, hizo una descripción perfecta de los padres de éste.
Se trataba de dos volúmenes de una obra tan larga que no cabía en un solo libro: «Guerra y Paz», de Tolstoi. Ambos tenían el canto florado: el primer volumen era más delgado y tenía una cinta roja para señalar las páginas, el segundo era un poco más grueso y tenía una cinta azul.

—Ya creo recordar —dijo el señor Pie- rángelo—; son una obra de auténtica arte¬sanía. Los hice yo con mis propias manos; tardé varios meses. Las hojas eran de papel cebolla y tenían unos grabados del siglo XIX maravillosos. Fue un encargo que me hicieron de Rusia hace unos años. Voy a buscar en mis libros.
Mientras el hermano Carozzi se leía esas listas interminables de pedidos, Amanda se puso a fisgar por la tienda; todo era pre¬cioso. Y no había sólo libros de todos los ta¬maños, sino también accesorios, objetos que tienen que ver también con la lectura: señaladores de libros de todo^s los colores, atriles para sujetar los libros y que 110 se tuerza la espalda al leer... Pero lo que más le gustaba a Amanda eran todos los pape¬les de forrar que estaban colgados en unas barritas de madera. Así es que le pidió a su abuelo que le comprase otro pliego de re¬serva.
—¡Lo encontré! —dijo tan cantarinamen- te como pudo el señor Pierángelo—. Como yo creía, estos libros han viajado a Rusia hace seis años. Fueron encargados por el Ministerio de Cultura en Moscú. Creo re¬cordar que eran para ser exhibidos en un museo, pero no sé cuál.
La decepción se dibujó en el rostro de Amanda.
—¡Vaya! Entonces el horóscopo del pesa-

dor ése tenía razón. Nos espera un largo via¬je.
—Yo les puedo dar el nombre y las señas del encargado del Ministerio de Cultura ruso, el señor Ivanov, porque sin duda él es quien sabe el paradero de los libros.
Tras agradecerle muchísimo la ayuda prestada al señor impresor, don Felipe y Amanda salieron a toda prisa y se dirigie¬ron a la agencia de viajes antes de que ce¬rrasen para conseguir el billete para Moscú.
Les dijeron que tenían que hacer trans¬bordo en Roma, de donde salía un vuelo a Moscú todos los viernes.
Como quedaban tres días todavía, se que¬daron en Florencia para ver la ciudad.
Amanda se infló a comer pizzas y espa- guetis, pero no disfrutó de la visita a la ciu¬dad todo lo que hubiera deseado porque es¬taba impaciente por llegar a Moscú.


XII
El vuelo salió de Roma puntual e hizo una breve escala en Budapest.
A las siete de la tarde llegaron a Moscú. Como los extranjeros se colocan en la parte delantera del avión, don Felipe y Amanda fueron los primeros en salir, y rápidamen¬te fueron trasladados al hotel Rossia, que era enorme.
A esas horas ya no se podía hacer nada más que llamar al teléfono particular del señor Ivanov. Este les dijo que al día si¬guiente les recibiría en su
  1. 2015/12/15(火) 00:27:25|
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